Patología: vivir en estado de cuquez.

Mi pollo siempre me dice que vivo en estado de permanente cuquez.




















He estado pensando... Sí, padezco de eso y creo que está bien, me gusta. Con los años empeoro o quizá mejoro, según se mire.
Este estado de cuquez viene a referirse a que me gusta adquirir y hacer cosas  que vulgarmente definimos como "cucas". También forzar ambientes y situaciones para que así lo sean.

Sé que muchos de vosotros también padecéis de eso, lo veo en vuestros blogs. No se puede ocultar.
Cada uno es cuco a su manera. En mi caso soy cucafriki. Ambas cosas, puede ser. Eso en el caso de que haya que ponerle un nombre.
Afortunadamente no soy de las cucas que toman té y cupcackes todo el día. En nuestra despensa como mucho hay cacao, leche y magdalenas pá mojar. Me gusta que sea así, más campechano, no tan internacional, no tan bello, no tan cuco. No tengo nada en contra de esas finuras, pero donde estén unas buenas galletas machacás en leche... (¡qué mezcla más rica! de pequeña creía que me daban de desayunar cemento, pero eso es otra historia).

También me parece un acierto no conciliar con lo nuevo, utilizar cosas ajadas, aplaudir el paso del tiempo en las posesiones, reutilizar, rebuscar, mezclar…
Eso me lleva a reflexionar en el desasosiego que se apodera de mí cuando entro en los pisos wengé de mis amigos y no sé si me encuentro en casa de unos o de otros. ¿Son todas iguales y rectilíneas? De verdad, no sé si os pasa a vosotros, los cucos, pero a mí me pasa que cuando hago tours por las casas de la gente de nuestra edad creo que he entrado en un bucle espacio temporal muy raro y que no sé si estoy aquí o allá.
Por ejemplo, una vez fui a visitar a otra ciudad a una amiga, me enseñó su nuevo piso y me dio un cacharrazo en la cabeza de esos de dejavú extraños porque sentía que ya había estado allí, en concreto en otros tres lugares; los pisos de otras tres parejas de amigos que recientemente también habían amueblado y estrenado hogar. Pensé en las siete horas de viaje que acabábamos de echar y cómo en un minuto (después del cacharrazo ese que os hablo que me dio) pensé que había vuelto a Granada. Madre mía, qué raro. A lo mejor todo esto tiene poquillo que ver con la cuquez, me he ido por los cerros de Úbeda, pero ya queda dicho. Eso pasa por reflexionar a lo tragalopavo.

Dejando a un lado los ejemplos de la descuquez según mis pensamientos…he sacado (y desvariado) todo este tema porque ayer acumulamos unas cuantas cosas cucas y se me ha ocurrido juntarlas con otras tantas cosas cucas (la mayoría inútiles, eso sí). Gran parte rescatadas, víctimas de la descuquez (por querer desprenderse de ellas), otras regaladas con mucho acierto.
























Concluyo esta chorra-reflexión dándome cuenta que no me gusta decir que algo es cuco, pero admito que es muy socorrido.
Pd: otro día enseño el gato del libro al detalle, un mecanismo que hemos pensado para multiplicar el espacio de la caja de latón y las horquillas preciosas de cardamomo.

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